Domingo, 11 de septiembre de 2016

CINE › AUSTERLITZ, GRAN DOCUMENTAL DEL UCRANIANO SERGEI LOZNITSA EN EL FESTIVAL DE TORONTO

El turismo, la nueva banalidad del mal

El más importante documentalista surgido en los últimos años instala su cámara en el memorial del campo de exterminio de Sachsenhausen y descubre que lo que debería ser un espacio de reflexión ha sido devorado por la sociedad de consumo y del espectáculo.

Por Luciano Monteagudo – para P12

Desde Toronto

¿Qué hacer con la memoria histórica? ¿Cómo evitar su institucionalización? ¿Es posible hacer de un campo de exterminio un espacio de reflexión sin que se termine convirtiendo en un mero objeto de consumo, en una parada más dentro de un recorrido turístico? Todas estas preguntas afloran en Austerlitz, el nuevo, extraordinario documental del ucraniano Sergei Loznitsa, presente en el Toronto International Film Festival, luego de su paso por la Mostra de Venecia, menos de una semana atrás. Lo notable de caso es que el realizador –quizás el más importante documentalista surgido en la última década– jamás las enuncia o formula de manera explícita. Tal como es su costumbre, deja que sean las imágenes las que hablen por sí mismas y se inscriban a fuego en la conciencia del espectador.

hornos crematorios en el campo de Sachsenhausen
hornos crematorios en el campo de Sachsenhausen

El film, rodado en un ceniciento blanco y negro, comienza en las rejas de entrada del campo de concentración de Sachsenhausen, uno de los primeros centros de reclusión levantados por los nazis, en las afueras de Berlín. Allí se lee, forjada en hierro, la tristemente célebre frase “Arbeit macht frei” (El trabajo los hará libres), que también daba la bienvenida a los condenados en Auschwitz. Como sucedía diariamente 80 años atrás (Sachsenhausen fue erigido en 1936), por delante de ese slogan ingresa una ingente columna humana, masas incesantes de personas, en un desfile tan disciplinado como interminable. Pero no son detenidos políticos, ni prisioneros de guerra, ni condenados al crematorio por su simple condición de judíos. Son ejércitos de turistas, organizados en tours, que entran alegre, mansamente siguiendo la bandera triunfal de su guía y munidos de sus cámaras fotográficas, blandiendo sus “selfie sticks” como si fueran lanzas, ataviados con sus gorras de béisbol, sus anteojos oscuros, sus bermudas y sus remeras con inscripciones. En una se lee claramente “Fuck You”; en otra, “Cool Story, Bro”. Y en una más de las tantas “t-shirts” con publicidades de los productos más diversos se impone el logo y el título de la película de Steven Spielberg Jurassic Park. ¿Es que el campo de exterminio se ha convertido en un parque de atracciones? Y en todo caso, ¿qué es lo que atrae de ese parque? ¿Es en verdad tan lejano, tan remoto todo lo que sucedió allí?

El procedimiento de Loznitsa es tan simple como eficaz: deja su cámara fija, atornillada en un trípode, en planos generales por varios minutos para cada encuadre, como ya había hecho en su obra maestra Maidan (2014). El movimiento del plano está dado, en este caso, por el de los turistas, que pasan inadvertidamente frente a un horno crematorio, mientras intentan conectar sus audio-guías, o que se apuran para no perder el paso siempre presuroso de sus tutores, de quienes se escuchan fragmentos aislados de la trágica historia que tuvo lugar allí. La película no tiene ni una sola voz en off, ni un solo cartel explicativo en sus títulos iniciales o finales, ni un solo acorde de música para subrayar nada: es el espectador quien tiene que hacer todo el trabajo, junto al director.

La banalidad de esas visitas fugaces es evidente. En las imágenes captadas por Loznitsa se ven escenas sorprendentes: una chica posa sensual para la cámara de su novio frente a un crematorio; un muchacho remeda divertido la postura de los condenados ante una columna de fusilamiento; un padre intenta infructuosamente hacer callar y dormir a su bebé, que se agita en su carrito delante del famoso cartel “Arbeit macht frei”. Pero Loznitsa nunca manipula al espectador con el montaje. Esos momentos están allí como están otros, quizás menos impactantes, pero igualmente significativos.

Alguien podría pensar en la fatigada frase de Marx, “La historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa”. Pero no hay nada de farsa en el film de Loznitsa: para él Sachsenhausen sigue siendo una tragedia. La tragedia es que hoy todavía esté a la vista y nadie la vea, que la sociedad de consumo y del espectáculo se haya devorado al memorial. Que los bien alimentados, satisfechos turistas, cargando sus mochilas y bolsas de nylon con sus viandas, estén preocupados por la pausa para el sándwich, allí mismo donde miles de personas morían de inanición.

En ningún momento, sin embargo, y esto hay que dejarlo en claro, Austerlitz (que toma su título de la novela homónima de W.G.Sebald sobre la memoria y la identidad) se burla de los turistas. La sola decisión de filmar en blanco y negro es un gesto de pudor y hasta de respeto por parte de Loznitsa, que de esta manera evita el grotesco que hubieran significado los colores chillones de esa multitud perdida a pesar de sus folletos y sus guías. El procedimiento de Loznitsa en todo caso sigue el de su conmovedor cortometraje El viejo cementerio judío (2015), presentado el año pasado por el DocBuenosAires: ir revelando paulatinamente información sobre un lugar, un espacio físico sobre el cual los hombres y mujeres de hoy pasan y pisan sin siquiera saber qué hay bajo sus pies.

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