Condenados a repetir la triste historia de humillaciones y fracasos

Por Horacio Rovelli* – (para La Tecl@ Eñe)

La administración del presidente Macri nunca se propuso reorientar la economía Argentina a la industrialización y al crecimiento sino que estableció un aquelarre económico-financiero para cambiar los precios relativos a favor del sector más consolidado de la producción primaria. Que Macri haya ganado las elecciones y sea presidente constitucional nos interpela como sociedad, porque, por un lado, no hemos logrado conformar un modelo sustentable de producción y de distribución que nos abarque a todos, y por otro, a lo largo de nuestra historia se han aceptado proyectos que sólo tienen como fin garantizar la ganancia fácil para los poseedores del gran capital.

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Es claro que nuestros sectores dominantes no tienen un proyecto que nos abarque a todos, ni visualizan a nuestro país como la base y el mercado de un proceso de acumulación sustentable, por ende su mirada es siempre rentística y de corto plazo, y solo logran y por un tiempo, salirse de esa lógica especulativa, si tienen mercados cautivos y/ o usufructúan de la explotación de la tierra.

Es más, incapaces de generar un modelo propio, se subordinan al capital internacional asociándose como socios menores y desatendiéndose de las consecuencias que esas actividades implican sobre la inversión, la producción y la distribución de la economía nacional.

Esto, para un país periférico y dependiente como ha sido y es la Argentina, hace que por ejemplo, en un mundo en que la demanda global es menor a la producción de bienes y servicios (con lo que existe excedentes de mercaderías), el gobierno de Mauricio Macri plantea: a) Una apertura irrestricta; b) Que el tipo de cambio lo fije el ingreso y egreso de capitales; y c) Que se incrementen las tarifas, las tasas de interés y se fijen libremente los márgenes de ganancias, impactando negativamente en la formación real de los costos y de los precios de la economía toda, con lo que es imposible más allá de la producción primaria y extractiva, y algunos nichos industriales por años y años protegidos (como son los casos del aluminio, el acero y algunas agro industrias), competir con la sobre producción de mercadería mundial que se vende a precio vil.

Históricamente, todo modelo de acumulación se basa en transferir parte de los ingresos de la producción primaria a la industrial, lo hicieron en mayor o menor medida todos los gobiernos que se propusieron el desarrollo. En nuestro país, el último fue Néstor Carlos Kirchner que por ejemplo en el año 2007, recaudó por derechos de exportación (retenciones cuyo mayor ingreso corresponde al sector agropecuario) unos U$s 7.000 millones, y con eso financió holgadamente los subsidios a la energía y al transporte que beneficia transversalmente a todo el sector productivo del país y que fueron de $ 14.600 millones (a un dólar promedio de $ 3,10 significaban U$s 4.700 millones). Pero el modelo se fue deteriorando en el tiempo generando la inconsistencia de que la recaudación por retenciones del año 2015 fue de $ 75.000 millones (unos U$s 7.700 millones) y los subsidios alcanzaron los 240.000 millones (unos U$s 24.700 millones).

Y esto fue así porque no se siguió con el camino trazado al no tenerse en claro que la Argentina sustentable, y que genera trabajo y valor para todos, debe potenciar los recursos naturales al mismo tiempo que debe diversificar la matriz industrial, proceso que pone en debate un nuevo punto de partida en la que se desarrollen actividades manufactureras, donde existen capacidades acumuladas significativas y trayectorias de aprendizaje considerables como para adaptarse al nuevo mapa global sin entrar en directa competencia con Asia, que viene combinando altas mejoras en la productividad con salarios bajos. Ramas como la automotriz, la autopartista, la química, la farmacéutica, la producción de bienes de capital, el software, debían formar parte de esta estrategia ofensiva. En paralelo, se debe adoptar una estrategia defensiva en sectores muy sensibles a la competencia extranjera (textil-indumentaria, muebles o parte de la metalmecánica), muy generadores de empleo, pero con enormes dificultades para poder competir.

Máxime para un país en el que tomando un largo período de nuestra historia (1980 a 2015), por cada punto que crece el PIB, las compras al exterior lo hacen en tres puntos, por ende para disminuir la elasticidad-producto de las importaciones se debe sustituir importaciones en sectores estratégicos para así “construir encadenamientos productivos más complejos y desarrollar redes de proveedores nacionales más densas”. Y, paralelamente, para incrementar la elasticidad producto de las exportaciones, supone cambiar su composición hacia bienes con mayor valor agregado y de mayor demanda en los patrones de consumo primero regional y segundo mundial. Ambos procesos demandan conocimiento de las capacidades tecnológicas lo que, a su vez, tiene un fuerte impacto en la demanda en el mercado de trabajo y de la inversión.

EL CAMINO ELEGIDO:

Pero en lugar de partir de lo que se había hecho y reorientar la economía Argentina a la industrialización y al crecimiento, lo que hace la administración de Macri es un aquelarre para cambiar los precios relativos a favor del sector más consolidado de la producción primaria (y en desmedro de los eslabones menos concentrados como son los pequeños y medianos tamberos, productores de frutas, hortalizas y granos de todas las economías del país); del sector energético (de allí que el ministro Aranguren no sepa cuál es el costo de la producción y distribución de gas o del petróleo, y lo que es peor, es que no le importa; lo que tratan de asegurar es el margen de ganancia de las tarifas); y del sector financiero (implantando una vez más el mecanismo perverso de la bicicleta entre las tasas de interés y el dólar, donde la primera debe superar a la diferencia cambiaria entre el presente y el futuro para que se queden en pesos).

La combinación de dejarle a los sectores más concentrados que fijen libremente los precios, y la puja entre la tasa de interés y el valor presente y futuro del dólar, a la vez que se desengancha el valor de la divisa del circuito comercial para ser fijado preponderantemente por el ingreso de capitales, que por ahora supera los elevados niveles de fuga, y tienen como único y exclusivo beneficiario a los sectores más ricos del país, en una economía fuertemente extranjerizada y subordinada al capital internacional.

Toda las medidas tomadas en el gobierno de Macri, y como afirma el Profesor Emérito de la UBA, Dr. Mario Rapoport, tienen como objetivo generar “… grandes ganancias a sectores reducidos promoviendo otra gigantesca fuga de capitales, que servirá para evadir y proteger esas ganancias en los paraísos fiscales y posiblemente, para muchas multinacionales, compensar las pérdidas que la crisis les ha producido en otros lados”, pero es insustentable económicamente por la simple razón que la Argentina depende del mercado interno, al que se lo vapulea y margina con los altos precios de bienes, insumos, tarifas e interés, con lo que el resultado es que desciende el consumo global, y agravando el cuadro, los sectores favorecidos puedan comprar naranjas de España, frutilla de Polonia y Maíz en lata de Francia, por una parte, y por la otra, porque las importaciones tienden a crecer más que las exportaciones, a lo que se le suma el pago de los intereses de la deuda que se deben afrontar ante el mayor endeudamiento realizado.

La ley de hierro para la economía Argentina: El descenso del consumo global arrastra al PIB, y a su vez la cuenta corriente comercial va a ser cada vez más deficitaria, con lo que tarde o temprano se va a frenar la entrada de capitales que financian ambos déficit y, como le sucedió a la dictadura militar en 1982, y a Menem-Cavallo en 2001, se saldrá con una fuerte devaluación de nuestra moneda y un nuevo cambio de precios relativos, para dejar un país severa e irracionalmente endeudado y empobrecido, y una minoría que forma parte de los más ricos del planeta.

QUE HACER

Antonio Gramsci explica que en las sociedades existe un bloque hegemónico que a su vez ejerce la combinación en el sistema de dominación de la coerción y el consenso. En este último punto sostiene que gracias a los medios y técnicas de socialización (medios de difusión masiva), se genera una falsa conciencia social (ideología), cuyas creencias y representaciones legitiman las acciones hegemónicas sobre el resto de la sociedad, dando paso a un conductismo de las clases subordinadas para lograr una cohesión social que permita la aceptación de los valores e intereses de los sectores dominantes como naturales y lógicos. Y no otra explicación se puede tener cuando observamos que, en la Argentina actual y por sufragio universal, haya ganado las elecciones presidenciales Mauricio Macri, que no hizo otra cosa en toda su vida que ser el hijo de Franco, uno de los más grandes beneficiados por la dictadura de Videla, y haber él mismo realizado negocios de todo tipo como contratista del Estado y vendedor de autos a como dé lugar.

Que Macri haya ganado las elecciones y sea presidente constitucional nos interpela como sociedad, porque no hemos logrado conformar un modelo sustentable de producción y de distribución que nos abarque a todos, y se acepta mansa y sumisamente proyectos que sólo tienen como fin la de garantizar la ganancia fácil y rápida para los poseedores del gran capital, con la creencia que ello va a permitir incrementar la inversión y generar trabajo, cuando nada es más enemigo de ello que la lógica de acumulación y distribución de los sectores más ricos de este país.

Este fracaso social sólo se puede explicar en que no nos reconocemos como un todo, no existen organizaciones sociales de verdad ni tan siquiera para defender el consumo, o el trabajo, o la producción, la educación y la salud pública, por decir lo más elemental de los deberes y derechos sociales. Preguntémonos cómo es posible que los que trabajan todo el día, los que empujan el arado, mueven la rueca de la industria, prestan horas y horas de su vida en algún servicio, viajando hacinados, y a un aquellos sectores medios que su ingreso depende del mercado interno en general y de las pequeñas y medianas empresas en particular, voten a la comunidad de negocio, que los deja expresamente afuera.

El drama está en que no tenemos un proyecto nacional que diga qué somos y qué queremos ser, cuando existen modelos que nosotros mismos hemos aplicado en algún tiempo, y que sí en forma consistente y duradera llevan adelante los países que han sabido crecer y distribuir en su población.

La combinación exitosa es entre un Estado que conociendo bien las limitaciones y las facultades de su población, planifica, ordena, prioriza, define, orienta, qué se va a producir, de qué modo, con quién, para quienes y para qué. Una clase dirigente que hace base en el país, que se compromete con su población y que participa activamente en la planificación. Y el conjunto de trabajadores con capacidad de adquirir nuevos y mayores conocimientos de la ciencia y de la técnica, y con la misma fe que pone todos los días en su familia, los extienda a toda la sociedad, organizándose, conformando nuevas instancias de poder y participación popular.

Podemos criticar muchos aspectos de la República Popular China, pero ellos lograron y logran amalgamar la presencia y dirección del Estado, con una clase dirigente que invierte en su nación, y el conjunto de trabajadores que ponen el hombro todos los días para que ese “gigante dormido”, al que se refería Napoleón Bonaparte, sea el mayor exportador de la Tierra y la segunda potencia en producción, alimentando y confiriéndoles sentido a la vida de más de mil cuatrocientas millones de personas.

Los ejemplos exitosos son Corea del Sur y Vietnam; el primero, saliendo de una guerra civil con organización, trabajo y una clase dirigente que con inteligencia, tenacidad y comprometida con su patria, hace de esa colonia francesa, primero, y norteamericana después, el décimo país industrial del planeta. Los vietnamitas, con el orgullo de haber expulsado al ejército yanqui de su territorio, se levantaron de las ruinas del napalm y hoy son una nación próspera e independiente.

También fuimos exitosos nosotros en los gobiernos de Yrigoyen, de Perón y de Néstor Kirchner, con la defensa del trabajo y la producción nacional. El economista John M. Keynes sostenía que a la burguesía (los empresarios) no se le puede pedir nada, sí disciplinarlos y hacerlos responsables socialmente de los recursos que utilizan. En su libro “La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero” afirma: “Los empresarios son solo tolerables mientras que sus ganancias guardan relación con lo que sus actividades contribuyen a la sociedad”, y es más, como partía de que esperaba de ellos un natural egoísmo y falta de grandeza, sostenía que solo el Estado podía pensar en el bien común y en el futuro, para lo cual impulsaba los componentes de la Demanda Agregada, el Consumo, la Inversión (y sus discípulos sumaron la sustitución de importaciones y las exportaciones), pero de tal manera que: “Al mismo tiempo que procuraría una tasa de inversión controlada socialmente con vista a la baja progresiva de la eficiencia marginal del capital, abogaría por toda clase de medidas para aumentar la propensión a consumir, porque es improbable que pueda sostenerse la ocupación plena, con la propensión marginal existente, sea lo que fuera lo que hiciéramos respecto a la inversión. Cabe, por tanto, que ambas políticas funcionen juntas – promover la inversión y al mismo tiempo, el consumo, no simplemente hasta el nivel que correspondería al aumento de la inversión con la propensión existente del consumo, sino a una altura todavía mayor”.

Si en lugar de fortalecer al Estado y a las organizaciones sociales se deja a la burguesía local, maestra en fugar capitales y en el negocio de corto plazo, decidir cómo se va a gobernar, estamos condenados a repetir la triste historia de humillaciones y fracasos. Está en cada uno de nosotros generar que eso no suceda y construir nuestro propio camino.

Buenos Aires, 28 de agosto de 2016

*Economista especializado en temas fiscales y monetarios. Profesor de Política Económica en la Universidad de Buenos Aires. Ex Director de Políticas Macroeconómicas del Ministerio de Economía. Miembro de EPA (Economía Política para la Argentina).

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