PELIGRO

Por Urgente24 – Sábado 05 de noviembre de 2016

Corporaciones Trasnacionales Capitalismo Democracia

La red capitalista alimentaria global, un ejemplo del nuevo orden del siglo 21.

Pensadores de izquierda como Noam Chomsky, en USA, vienen proclamando desde hace años que las grandes corporaciones trasnacionales son incompatibles con la democracia. El precandidato presidencial y senador demócrata Bernie Sanders, quien terminó perdiendo la nominación frente a Hillary Clinton, sedujo a una base de votantes ‘millennials’ de todo el país despotricando contra el 1% de sus compatriotas que concentran la riqueza y compran con ella influencia en política (impunidad). Las críticas a la injerencia de las grandes corporaciones en política no se ciñen solamente a la izquierda anti-capitalista: hasta Adam Smith, considerado por muchos como el padre del capitalismo moderno, era muy crítico de la influencia que podían tener los monopolios y las grandes corporaciones, ya que él advirtió que reducen la competencia e interfieren con el libremercado. Anup Shah escribió en el portal Global Issues: “Hoy sabemos que las corporaciones, para bien o para mal, tienen una influencia enorme en nuestras vidas. Por ejemplo, de las 100 mayores economías del mundo, 51 son corporaciones mientras que las otras 49 son países (basándose en la comparación entre las ventas de las corporaciones y el PBI de los países). En esta era de la globalización, la gente marginada se está enojando especialmente con las motivaciones de las corporaciones multinacionales, y la globalización guiada por las corporaciones está encontrando cada vez más protesta y resistencia.” Un ejemplo de esto es el avance de los partidos populistas de derecha y ultraderecha en Europa. Varios de estos, tal como el Frente Nacional -de Marine Le Pen, en Francia-, plantean la discusión en términos blanco/negro y en su retórica dicotómica, el enemigo son las corporaciones. El discurso es: o recuperamos nuestra nación, o se la regalamos a las multinacionales.

mapa-corporaciones

“El miedo va en aumento entre los defensores del actual orden económico y financiero internacional. Las dos últimas ocasiones en los que se ha podido oler ese miedo ha sido en la cumbre del G-20 celebrada hace poco en Hangzhou (China) y en la reunión anual del Fondo Monetario Internacional en Washington DC. ¿En qué consiste ese miedo? ¿Qué es lo que lo provoca? ¿Qué proponen para hacerle frente? La causa es el temor a que se venga abajo la globalización comercial y financiera vivida en las últimas décadas. Es decir, la libertad de comercio y de movimientos de capitales a nivel internacional. Y que, a la vez, se venga también abajo el orden político liberal. Un orden basado en el funcionamiento de sociedades abiertas y democracias pluralistas. A los ojos de sus defensores, ese orden económico y político liberal parece ahora amenazado por las propuestas proteccionistas y nacionalistas de los movimientos sociales y de los líderes populistas que han surgido a ambos lados del Atlántico. Es decir, tanto en la periferia europea del capitalismo, tal como es el caso de España, como en su mismo núcleo: EEUU y el Reino Unido. (…)”.

Anton Costa,

Economista, Diario de Córdoba (España).

El Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, y otros de sus colegas del Instituto Roosevelt, recientemente escribieron Rewriting the Rules of American Economy. An Agenda for Growth and Shared Prosperity (Estados Unidos, W.W. Norton and Company, Inc., 2016).

Según Stiglitz, hay 2 mensajes que surgen del ‘fenómeno Trump’ que las élites políticas deberían atender:

** que las simplistas teorías neoliberales del fundamentalismo del mercado no rindieron los frutos prometidos (“La ‘revolución’ Thatcher-Reagan, que reescribió las reglas y reestructuró los mercados para beneficiar a los más beneficiados tuvo gran éxito al incrementar la desigualdad y falló del todo en su misión de incrementar el crecimiento”); y

** es necesario reescribir las reglas de la economía, esta vez para asegurar el beneficio del ciudadano común (“El cambio, concluye el Nobel, implica riesgos. Pero el fenómeno Trump y no pocos desarrollos políticos similares en Europa, han revelado los riesgos mayores que implica no oír este mensaje: sociedades divididas, democracias carcomidas, y economías debilitadas”).

Juan Vázquez Rojo, administrador de Empresas, en Rebelión:

“(…) vivimos en un momento histórico en el que las viejas estructuras hegemónicas levantadas en Bretton Woods no permiten un liderazgo firme y consensual ni una base sólida para asegurar un relanzamiento del ciclo económico. Así, las características que representaron el último ciclo económico (1980-2007) siguen siendo las mismas en la actualidad y los problemas de deuda privada y pública, de débil inversión así como de reducida rentabilidad siguen acuciando incluso en mayor medida que al comienzo de la crisis. Mientras tanto, China y Rusia emergen como actores de peso que reclaman una reconfiguración del orden mundial, aunque por el momento no existe una alternativa fuerte a la vieja estructura. Con este contexto, no cabe duda de que vivimos una etapa de lo que Giovanni Arrighi llamaba caos sistémico, en el que el viejo mundo no acaba de morir y el nuevo no acaba de nacer.

En los próximos años, seguramente décadas, veremos una intensa pugna entre las principales potencias para ejercer una mayor influencia en la creación del edificio que represente el nuevo orden mundial. Históricamente, la pugna llevada a cabo en etapas de caos sistémico siempre derivaba en una guerra a escala mundial (las últimas fueron la I y II guerras mundiales). Este hecho nos hacer pensar en una nueva guerra a gran escala que resuelva la pugna llevada a cabo en este caos sistémico. La construcción del nuevo orden hegemónico está en disputa.”

José Francisco Herrera, en Rinacional, afirmó:

“La humanidad está viviendo un colapso sistémico de todo lo que es conocido, colapso de todas las creencias e instituciones. De todo el orden social para ser modificado por otro. (…) Los primeros objetivos consisten en socavar las bases fundamentales de los Estados-Nación que los constituyen como soberanos. (…) Todo esto no se puede hacer sin una gran participación de todo un sector altamente influyente en el mundo. Estos son una élite de banqueros, académicos, científicos, empresarios, hombres de negocios. Que han financiado y son encargados de coordinar sus actividades, su agenda programática en centros de estudios de alto nivel a las cuales se les llama ‘thinktanks’, o  banco de cerebros. Este pequeño conglomerado de personas con un bajo perfil público pero con altísima influencia planifica, poco a poco, cómo ir haciendo realidad sus planes. Usualmente no se les nota en la prensa pero sus miembros son completamente reconocibles si se buscan. (…)”.

Corte Suprema de USA, 1886: las corporaciones son individuos

Mientras el poder de un Estado está ceñido a las fronteras nacionales, las grandes corporaciones ejercen influencia a nivel global, siendo muchas veces, en última instancia, las verdaderas tomadoras de decisiones en temas de relevancia pública.

En los círculos de pensadores de políticas públicas del mundo en 2016, la discusión está en el centro:

** ¿puede haber democracia sin que las corporaciones se terminen llevando por delante a los gobiernos?

** ¿Puede la democracia cumplir su función de defender el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes, en este siglo 20 de creciente monopolización, en el que las multinacionales, más ricas que los estados, son además las principales fuentes de financiación de la política?

La creciente desigualdad de ingresos es una característica de la mayoría de las economías del mundo desarrollado, sin embargo nadie sabe bien qué hacer con eso. Pero el problema debe ser pensado para elaborar alternativas.

De lo contrario, la promesa de la democracia pierde sustento y se vuelven atractivas opciones populistas. Para Shah de Global Issues, la explicación de cómo fue que las corporaciones se volvieron tan poderosas, puede rastrearse a la decisión de proclamar a una corporación como un individuo y poseedora de los mismos derechos que una persona. Este fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos en 1886, ayudó a crear la base para una gran expansión del capitalismo corporativo.

“De esta manera, las corporaciones, como ‘personas’, fueron libres de hacer lobby en las legislaturas, utilizar los medios masivos de comunicación, establecer instituciones educativas tales como muchos escuelas de negocios fundadas por líderes corporativos a principios del siglo 20, fundar organizaciones de caridad para convencer al público de sus nobles intenciones, y en general construir una imagen que ellos creían que estaba en su mejor interés”, escribió Richard Robbins en el libro “Problemas globales y la cultura del capitalismo”.

Derechos inalienables también para las corporaciones

De esta manera, según Shah, las corporaciones pueden:

-Ejercer influencia sobre las poblaciones a través de la publicidad.

-Ejercer influencia en la política pública de los Gobiernos. Desde financiar elecciones hasta crear think-tanks y “grupos ciudadanos” financiados por ellos, para influencias a los cuerpos políticos.

-Ejercer influencia sobre las instituciones internacionales, tales como la Organización Mundial del Comercio.

El escritor Thom Hartmann apunta hacia el mismo lado en su libro “Protección desigual: el ascenso de la dominación corporativa y el robo de los derechos humanos”.

Para Hartmann, todo cambió antes y después del controversial fallo de la Corte Suprema en 1886. (En el año 2010 la cuestión volvió a estar en el centro, con el caso “Ciudadanos Unidos contra Comisión de Elecciones Federales”, en el que la Corte Suprema emitió una sentencia histórica y muy repudiada por la izquierda, que permite a las empresas participar en las campañas políticas electorales, basándose en la Primera Enmienda a la Constitución de USA, que protege la libertad de expresión). Hartmann plantea lo siguiente:

-Antes de 1886, solo los seres humanos poseían derechos inalienables tales como libertad de expresión, el derecho a la privacidad, el derecho a mantener silencio de cara a una acusación o el derecho a vivir libre de discriminación o esclavitud. Luego de 1886, las corporaciones pasaron a la categoría humana, proclamando poseer derechos en lugar de solamente privilegios.

-Antes de 1886, muchos estados consideraban un delito que las corporaciones le dieran dinero a los políticos o intentaran influenciar las elecciones. Post-1886, las corporaciones proclaman tener el derecho humano a la libertad de expresión, extendiendo eso hacia el derecho de aportar dinero a las campañas políticas.

El fracaso de la promesa de las democracias liberales

“El trato de las democracias liberales de la posguerra, se basaba en la premisa de que los Gobiernos elegidos por los votantes, podrían manejar las economías de mercado para que estas proveyeran prosperidad a toda la sociedad.

El trato se sostuvo durante las 3 primeras décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, pero decayó durante las 3 siguientes, al mismo tiempo que la fórmula standard para el éxito –crecimiento, inversión pública y privada, innovación, y una fuerza de trabajo educada y entrenada- perdió gran parte de su efectividad”, explica William A. Galston del Instituto Brookings.

Ya antes, durante los años ’20 y ’30, el fracaso de las economías de mercado y las instituciones políticas democráticas le habían dado fuerza a la idea totalitaria de Gobierno y el planeamiento centralizado. “Hoy, después de que la Gran Recesión erosionara el Consenso de Washington, el capitalismo estatal autoritario al estilo chino se está volviendo cada vez más atractivo para países en desarrollo que buscan cómo avanzar”, explica Galston.

El economista de Harvard, Larry Summers, advertía en 2015 a las corporaciones: “Sin crecimiento de la clase media, las instituciones pierden legitimidad”, y eso fertiliza el terreno para una “revuelta populista”.

“Creo que es una lección de la historia que las empresas triunfan o fracasan con las naciones. Es muy difícil para cualquier compañía, ser altamente exitosa en un país cuya economía nacional está estancada. Y es mucho más fácil para las empresas tener éxito cuando la sociedad está funcionando bien”, él agregó.

El fin del matrimonio entre democracia y capitalismo

Desde la otra punta del espectro ideológico, el crítico cultural Slavoj Zizek, referente de la izquierda de hoy, apuntaba en un video en el portal Big Think: “Todos los problemas que tenemos hoy, tienen que ver con bienes comunes.”

Las corporaciones operan a nivel global y por lo tanto, las respuestas que pueden brindar los estados quedan chicas, incluidas las que apuntan a zanjar la brecha de la desigualdad, tales como las políticas inspiradas en el modelo del Estado de Bienestar.

“El modelo del estado de bienestar está muerto”, apunta Zizek. Esto es porque para que funcione el estado de bienestar, necesitas un estado-nación fuerte, que pueda imponer una determinada política fiscal. Pero con los mercados globales, esto quedó trunco. Si el siglo 19 fue el siglo de las naciones, el siglo 20 es el de las corporaciones.

Zizek explica que durante la década de ’90, prevalecía la teoría de Francis Fukuyama, que decía que la fórmula de capitalismo liberal con democracia, más algunos elementos del estado de bienestar, si bien no era una fórmula perfecta, era la menos mala posible, y que era solo una cuestión de tiempo hasta que el progreso histórico llevara esta fórmula a todas partes del mundo.

Hasta la izquierda había aceptado que ese sería el devenir de las cosas. Pero el atentado del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas rompió este paradigma.

“No, no tenemos la respuesta. No es solo que el capitalismo liberal democrático no es el modelo universal que será aceptado en todos lados a través de un lento progreso histórico, sino que China y Singapur y otros ejemplos de economías muy exitosas hoy demuestran que el  -llamémosle irónicamente- matrimonio eterno entre democracia y capitalismo, está llegando a su fin. Lo que hay hoy cada día más es un capitalismo que es brutalmente eficiente, pero ya no necesita a la democracia para su funcionamiento”, explica Zizek.

A problemas globales, soluciones globales

Pero el punto más importante que destaca el filósofo esloveno es el hecho de que todos los problemas que tenemos hoy, tienen que ver con bienes comunes de toda la humanidad, que exigen soluciones que exceden a los estados-nación.

“Necesitamos reinventar, no la democracia local, sino por el contrario, las soluciones a gran escala. El problema hoy no es la democracia comunitaria local, sino cómo regular las tendencias a nivel mundial.”

Toma por ejemplo la ecología y el medio ambiente: nuestro ambiente natural es algo que nos pertenece a todos, y está en peligro.

Otro ejemplo son las finanzas. Todo el mundo sabe que algún tipo de regulación es necesaria, debido a que la manera en que los bancos se manejan hoy, no funciona.

Un ejemplo más, explica Zizek, es la propiedad intelectual: “En general, hay algo en la propiedad intelectual, el conocimiento, que es comunista en su misma naturaleza, en el sentido en que se resiste a ser constreñido por la propiedad privada. Tiende a circular de manera libre. Entonces de nuevo, ¿cómo solucionar este problema? No creo que el capitalismo tendrá éxito en privatizar la propiedad intelectual.”

Pero hay más ejemplos: la biogenética. El contacto directo entre nuestro cerebro y el afuera. El problema es ¿cómo podría llegar a usarse esto en el futuro para el control social? Zizek argumenta que estas son cuestiones que no pueden ser decididas por el mercado, y desbordan a los estados, por lo que se necesitan nuevas regulaciones de control a nivel global.

Otro punto es que están emergiendo nuevas formas de apartheid. “Esa es la ironía máxima para mí. El muro de Berlín se cayó, ahora nuevas paredes están emergiendo por todos lados.”

Zizek toma como ejemplos las fronteras entre USA y México, Israel y Palestina, Europa y África. “La paradoja del capitalismo global de hoy es que por un lado, es global: libre circulación del capital. Pero la libre circulación de gente está cada vez más restringida, y cada vez hay nuevas formas de apartheid”, dice el filósofo.

“Las corporaciones intentan privatizar los recursos naturales, la biogenética o los conocimientos. El capitalismo actual se mueve hacia una lógica de apartheid, donde unos pocos tienen derecho a todo y la mayoría son excluidos”, dijo el filósofo en entrevista con el diario español El País.

Foreign Policy: a la democracia le cuesta seguir el ritmo del capitalismo

“Se suponía que los mercados libres llevarían a sociedades libres. En cambio, la sobrecargada economía global de hoy está erosionando el poder de los pueblos en las democracias alrededor del globo”, escribió Robert B. Reich, en Foreign Policy, en el año 2009. “Bienvenidos a un mundo en el que el balance final está más allá del bien común y el Gobierno va en el asiento de atrás con respecto a los grandes negocios.”

Para Reich, se suponía que el capitalismo y la democracia eran “una pareja formada en el cielo”.

Dos pilares ideológicos gemelos, que traerían prosperidad y libertad sin precedentes al mundo. En las décadas recientes, el dúo compartió un ascenso común.

Por casi cualquier medida, el capitalismo global triunfa. La mayoría de las naciones del mundo son hoy parte de un mercado global único e integrado. La democracia ha disfrutado un renacimiento similar.

“Hace 2 décadas, un tercio de las naciones del mundo tenían elecciones libres; hoy, casi dos tercios lo hacen”, escribía Reich en 2009. “La sabiduría convencional dice que donde florece el capitalismo o donde florece la democracia, pronto le seguirá el otro detrás. Sin embargo hoy, la suerte de estos dos están empezando a divergir.”

Mientras el capitalismo prospera, a la democracia le cuesta seguirle el ritmo. El autor cita los casos chino y japonés, ambos países que han abrazado la libertad de mercado pero no la libertad política. Muchos países exitosos a nivel económico tales como Rusia o México, son democracias solamente en el los papeles.

“Están obstaculizados por los mismos problemas que han afectado a la democracia norteamericana en los últimos años, que permiten que las corporaciones y las elites impulsadas por el éxito económico galopante, socaven la capacidad del Gobierno de responder a las preocupaciones de sus ciudadanos.”

La democracia delega decisiones al mercado

Es que a pesar de que el libremercado ha traído una prosperidad sin precedentes a muchos países, ha traído con sí el aumento de las desigualdades, la creciente inseguridad laboral y crisis ambientales tales como el calentamiento global.

“La democracia está diseñada para permitir a los ciudadanos resolver estas mismas cuestiones de manera constructiva. Y sin embargo una sensación de impotencia política está en aumento entre los ciudadanos de Europa, Japón y Estados Unidos, aun cuando los consumidores e inversores se sienten empoderados.”

El problema, según Reich, está en que la democracia -que debería permitir a los ciudadanos tener un debate colectivo sobre cómo se deben repartir las porciones de la torta y determinar qué reglas se aplican a los bienes privados y cuáles a los bienes públicos-, está delegando cada vez más esas decisiones al mercado.

“Si el propósito del capitalismo es permitir a las corporaciones jugar en el mercado tan agresivamente como se puede, el desafío para los ciudadanos es detener a estas entidades económicas de ser las autoras de las reglas bajo las cuales se vive”, explica Reich.

Y la democracia se ha debilitado en gran parte debido a que las compañías, en una competencia intensa por los consumidores e inversores globales, han invertido cada vez mayores sumas de dinero en hacer lobby, relaciones públicas y hasta coimas y sobornos, persiguiendo leyes que les den una ventaja competitiva sobre sus rivales.

“El resultado es una carrera armamentística por influencia política que está ahogando las voces de los ciudadanos comunes”, argumenta Reich.

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