Milos Forman – El humor amargo de la tradición checa

15 de abril de 2018

Milos Forman (1932-2018) fue un director más valioso de lo que señalan sus éxitos

El realizador de películas tan populares y premiadas como Atrapado sin salida y Amadeus, por las que ganó el Oscar al mejor director, fue la figura más destacada de la Escuela de Cine de Praga.

Por Luciano Monteagudo

“Kafka es un humorista, pero un humorista amargo”, decía Forman.

“Kafka es un humorista, pero un humorista amargo”, decía Forman.

Siempre será recordado por Atrapado sin salida, la película protagonizada por Jack Nicholson que en 1975 ganó cinco premios Oscar (entre ellos a la mejor película, director y actor), y también por Amadeus, que nueve años más tarde se llevó ocho estatuillas, consiguiendo por segunda vez la correspondiente al mejor director. Pero quizás lo mejor de la obra del cineasta checo Milos Forman -fallecido ayer en su casa de Hartford,  Connecticut, a los 86 años- hay que buscarlo antes de esos dos grandes éxitos de Hollywood, cuando se convirtió en la figura descollante de la Nueva Ola surgida de la Escuela de Cine de Praga, a mediados de los años 60, cuando su país vivió una fugaz primavera política, antes de ser aplastada por los tanques soviéticos.

Nacido el 18 de febrero de 1932 en Cáslav, en las afueras de Praga, Forman perdió a su madre y a quien durante años creyó su padre en los campos de concentración del nazismo, aunque mucho después se enteró de que su verdadero padre era un arquitecto judío que sobrevivió al Holocausto y a quien el director llegó a conocer en Perú. Criado por familiares, Forman se interesó por el cine y logró ingresar en la Escuela de Praga, donde tuvo como maestro a Otakar Vávra, considerado el fundador del cine checo. Y ya con su primer largometraje, Pedro el negro (1964), sobre los vagabundeos de un adolescente mucho más interesado en una chica que en su trabajo (nada más alejado del héroe socialista), Forman ganó el Leopardo de Oro del Festival de Locarno, lo que le dio una rápida proyección internacional.

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Su segundo largo, el estupendo Los amores de una rubia (1965), participó de la Mostra de Venecia y compitió por el Oscar al mejor film extranjero. Allí Forman narraba con espontaneidad y soltura la relación entre una joven obrera y un pianista, una historia concisa que el director enriquecía con pequeñas observaciones, dando cuenta de una realidad lánguida, desesperanzada, contra la que esa juventud estaba dispuesta a rebelarse. Su tercera película fue Al fuego bomberos (1967), donde una vez más Forman aplicó su aguda capacidad de observación. El baile anual de los bomberos de un pequeño pueblo es interrumpido por un inoportuno incendio. Apagado, todos regresan a la fiesta, que no resulta a la altura de las expectativas y termina en un caos. La dirección de Forman, plena de detalles de humor, propone un film que es a la vez de un implacable realismo y una alegoría del provincianismo sofocante contra el que se levantaban los jóvenes que hicieron posible la Primavera de Praga. Eran los tiempos del llamado “socialismo con rostro humano”, impulsado por el líder Alexander Dubcek, y el cine de ese período –del que participaron también Vera Chytilova y Jaromil Jires– era capaz de tratar los temas más serios con una rara ligereza, muchas veces no exenta de un humor agrio y absurdo. “Kafka es un humorista, pero un humorista amargo. Esto está adentro del pueblo checoslovaco”, declaró alguna vez el director.

En agosto de 1968, cuando los tanques soviéticos ingresaron en Praga, Forman se encontraba en París con su guionista y amigo Ivan Passer, con quien decidieron emigrar a los Estados Unidos. Llegó en el momento justo. Después del éxito mundial de Busco mi destino (1969), Hollywood vivía su propia primavera juvenil y estaba dispuesto a invertir en películas de bajo presupuesto que sintonizaran con los tiempos de la contracultura. En ese marco, el responsable de la producción de la Universal, Ned Tanen –el mismo que por entonces apadrinaba a Monte Hellman, John Cassavetes y Dennis Hopper– le dio la oportunidad de hacer Búsqueda insaciable (Taking Off, 1971), una pequeña obra maestra donde Forman aplicó su humor acre y su capacidad de observación a la tremenda brecha generacional que por entonces se abría entre el conformismo de los padres y la inocente rebelión de sus hijos.

La película estuvo lejos de ser un éxito y Forman estuvo inactivo por casi cuatro años, hasta que alguien en Hollywood le sugirió al productor Saul Zaentz que ese expatriado checo podía ser el director ideal para One Flew Over the Cuckoo’s Nest, la adaptación de la novela de Ken Kesey sobre una alegórica rebelión en un manicomio. Y Forman no lo defraudó: la película –estrenada Argentina como Atrapado sin salida– fue un acontecimiento mundial y arrasó con los Oscar. Las dos realizaciones siguientes de Forman, una versión del musical Hair (1979) y Ragtime (1981), sobre la novela de E.L. Doctorow, no estuvieron a la altura del prestigio anterior, pero el director volvió a convertirse en un imán de público y estatuillas con Amadeus (1984), sobre la rivalidad de Mozart y Salieri. De su último período –que incluye Valmont (1989), El mundo de Andy (1999) y Los fantasmas de Goya (2006)– por lejos la más lograda fue Larry Flint, el nombre del escándalo (1996), donde Forman le sacó el jugo al enfrentamiento entre el creador de la revista erótica Hustler y el perenne puritanismo de la sociedad estadounidense.

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