Samir Amin

(El Cairo, 1931) Economista egipcio. Especializado en temas del Tercer Mundo, desarrolló el concepto «centro-periferia» como una explicación global de las relaciones económicas entre los países de capitalismo avanzado y los subdesarrollados, centrándose de forma especial en el África negra. Su propuesta principal, junto a la de otros economistas tercermundistas, sostuvo la necesidad de los países periféricos de proceder a una desconexión del mercado mundial y evitar participar en la división internacional del trabajo para hacer frente al subdesarrollo. Desde fines de la década de 1960 es considerado uno de los mayores expertos en el estudio de la génesis y desarrollo de las llamadas sociedades “subdesarrolladas”, sosteniendo que la contradicción principal a escala internacional es la que enfrenta a los países imperialistas del “centro” con los de la “periferia”, en el contexto de un intercambio desigual. En una dirección similar (aunque con algunos matices diferenciadores) a la de Arghiri Emmanuel, Amin sostuvo que, dadas composiciones orgánicas iguales y tasas de plusvalía diferentes entre dos países, al precio de equilibrio hay, sin embargo, transferencia de valor a favor del país con más alta tasa de plusvalía. Esta transferencia permite al centro realizar un proceso de acumulación que sólo es posible a costa de un bloqueo del desarrollo de las formaciones sociales de la periferia. Es en base a esto como se configuraría la especialización económica internacional y la estructura productiva de los países de la periferia, lo cual implicaría que tales países deben abandonar toda esperanza de lograr un desarrollo económico autónomo si no es sobre la base de romper con el mercado mundial y subvertir las relaciones sociales de producción existentes en dichas formaciones sociales.

Cabe resaltar entre sus obras La acumulación a escala mundial (1970), El desarrollo desigual (1973), La nación árabe (1976) y La desconexión (1986).

El presente artículo fue publicado en el ensayo Crítica de Nuestro Tiempo,en ocasión del 150 aniversario de la publicación del manifiesto comunista.

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De Samir Amin

En todas las universidades del mundo contemporáneo se enseña una materia curiosa, llamada ciencia económica o economía a secas, como se dice física. Su campo estaría definido por la vida económica de las sociedades a las que tendría la ambición de explicar científicamente la manera en que se determinan las magnitudes que la caracterizan: precios, salarios e ingresos, tasa de interés, de cambio, volumen de desempleo, etc.

 Pero – hecho curioso – cuando el procedimiento científico se aplica a partir de la realidad, la economía se construye partiendo de una posición de principio que le da la espalda. Esta posición, definida como “individualismo metodológico” imagina que la sociedad puede ser reducida a la suma de los individuos que la componen, cada uno de ellos – el Homo oeconomicus – siendo a su vez definido por las leyes por las que se traduce la racionalidad de su comportamiento. No se sabe muy bien si, en el espíritu de esta “ciencia”, la construcción imaginaria edificada a partir de la interacción de esos comportamientos debe producir una imagen semejante a la realidad social, o si propone un modelo normativo de lo que debería ser la sociedad ideal.

Que los individuos constituyen los elementos de base de una sociedad cualquiera, ¿ quién negaría esta simpleza?. Pero ¿por qué razón no debería interesar el hecho de que la sociedad real no es producida por la confrontación directa de los comportamientos individuales, porque es una construcción infinitamente más compleja en la que se enfrentan clases sociales, naciones, Estados, grandes empresas, proyectos societarios, fuerzas políticas e ideológicas, etc.?. Los economistas no se interesan  en estas evidencias, porque estorban su ambición de construir una “economía pura” y de descubrir sus leyes fundamentales, es decir las que resultarían de la mera confrontación de los proyectos y acciones de los individuos operando en un campo imaginario de la economía despojada de cualquier otra dimensión social. Esta economía pura puede ser, si acaso, una construcción divertida del espíritu, ¿pero qué relación mantiene con la realidad?. Imaginemos una medicina que pretendiera “reconstruir” el funcionamiento del cuerpo humano a partir de los simples elementos fundamentales de los que está constituido – las células – ignorando deliberadamente la existencia de los órganos (el corazón, el hígado, etc.)! Por fortuna para nuestra salud física los médicos no fabricaron una “medicina pura” a semejanza de la “economía pura”. ¡La probabilidad de que los modelos más complejos expresando la interacción de las células produzcan algo que se parezca a un cuerpo humano es tan grande como la de que un simio puesto frente a una máquina de escribir reproduzca – por casualidad – las obras completas de Shakespeare! Lo mismo sucede con la probabilidad de alcanzar un equilibrio general – además óptimo – por la virtud de las confrontaciones de cinco mil millones de seres humanos en el mercado.

La legitimación de esta posición inicial absurda da lugar a peroratas parafilosóficas sorprendentes. Von Hayek, el gurú de los economistas neoliberales de nuestra época, obligado a reconocer la existencia de las naciones, Estados, clases sociales y de algunas otras realidades, se contenta con ver en ellos ¡vestigios “irracionales”! Sustituye entonces alegremente la investigación de la explicación racional de la realidad por la construcción de una racionalidad mítica.

 El ser humano es por supuesto un animal racional y sus comportamiento – hasta los más curiosos – son tal ves explicables. A condición de situar las racionalidades particulares que animan sus acciones en los marcos apropiados que relativizan y precisan sus mecanismos y su alcance. Dicho de otro modo, la posición holista que razona a partir de conjuntos reales (las empresas, las clases, los Estados, etc.) es la única actitud científica inicial posible. La economía clásica ( y ese calificativo de política no era por casualidad) de Smith y Ricardo, la de Marx y de Keynes adoptaban naturalmente esa actitud científica.

   Además como el ser humano es inteligente, determinará sus comportamientos en función de los que considera ser las reacciones de los demás. La economía pura debe entonces construir su modelo no a partir de las exigencias de una racionalidad necia e inmediata (compro más si el precio baja) sino de una realidad que mediatiza las anticipaciones de las reacciones de los demás (me abstengo de comprar si creo que el precio va a seguir bajando…) ¿Es posible una construcción que pretendiera integrar todos esos “datos” individuales? ¿Se encuentra en el núcleo del problema, o al lado de éste?

 Como sabemos, la economía pura parte de consideraciones que se inspiran en comportamientos de Robinson en su isla, eligiendo entre consumo inmediato y consumo futuro. Pero las “robinsonadas” no se paran ahí. Los economistas imaginan pues que la sociedad mundial está constituida por cinco mil millones de Robinson. Su discurso se inaugura entonces con u capítulo de apertura sorprendente en el que cinco mil millones de unidades elementales son tratadas como  “simples consumidores”,  gozando de “dotaciones iniciales” (canastas de bienes) buscando intercambiar en un mercado competitivo perfecto lo que tienen en demasía para obtener lo que estiman no tener.

Se reconoce en este estilo el del relato de las fábulas. Como sabemos, la fábula atribuye – en general a animales – comportamientos plausibles, e imagina que logran sus fines, que es sacar la “moraleja de la historia”. La economía está en su totalidad construida sobre este modelo. En cada una de las etapas de su desarrollo introduce la hipótesis de comportamientos plausibles que convienen a aquello a lo que quiere llegar.

El rompecabezas que sigue inmediatamente a la opción de individualismo metodológico es el siguiente: ¿cómo demostrar que la interacción de los comportamientos racionales de los individuos, integrando además la anticipación, produce un equilibrio determinado, es decir un sistema caracterizable (por sus precios, la repartición de sus ingresos, la tasa de desempleo, la de su crecimiento, etc.) y, uno sólo?  El recurso al instrumento matemático se impone aquí, a todas luces.

Pero justamente las matemáticas demuestran que generalmente no suele ser así. Un sistema de ecuaciones de este tipo (aquí se trataría de cientos de miles de millones de ecuaciones) es a priori más bien incompatible, es decir que no admite solución. Con muchas hipótesis adicionales, tiene algunas probabilidades de ser compatible, pero indeterminado (hay una infinidad de soluciones) y con todavía más hipótesis de ser determinado (no tener más que una solución).

 Los economistas puros van por consiguiente a dedicarse a seleccionar las hipótesis necesarias para llegar a su fin. Es así como decidirán que algunas curvas combinadas son cóncavas, otras convexas, que los rendimientos son constantes, crecientes o decrecientes según las necesidades de la causa.  Y para superar cada una de las etapas de su demostración imaginan la fábula que les conviene.

 El modelo de Arrow-Debreu, el florón con el que se honra la economía pura, demuestra bien que – habiéndose seleccionado todas las anteriores hipótesis máximas –  existe por lo menos un equilibrio general… pero… en la hipótesis de la competencia perfecta. Ahora bien, esta supone a ese famoso perito tasador, centralizador de todas las ofertas y las demandas. ¡Curiosamente pues este modelo demuestra que un planificador central, aun conociendo perfectamente los comportamiento de sus cinco mil millones de administrados, podría tomar las decisiones que produjeran el equilibrio perseguido! El modelo no demuestra que lo logre el mercado libre tal cual existe realmente; que la economía pura de los liberales extremos se vea obligada a concluir que Big Brother sea la solución de sus problemas ¡he aquí con qué divertirse un momento! A todas luces, ya que el perito tasador no existe, el sistema se modifica a cada instante conforme a los resultados producidos por las acciones efectivas de los individuos que se confrontan en el mercado. El equilibrio – si se logra – será tanto producto de la marcha – lo que resulta de la casualidad – como de los caracteres definiendo la racionalidad de los actores. Tal vez este equilibrio nunca existirá.  Por otras parte el teorema de Sonnenschein establece que es imposible deducir de los comportamiento maximizadores las formas de las curvas de oferta y de demanda. Pero qué importa para la economía pura que las matemáticas serias demuestren este extravío en un callejón sin salida. El problema no es ese como lo veremos.

 Además el equilibrio general que podría alcanzarse de milagro por la confrontación de las ofertas de las demandas en el mercado no es caracterizable; no nos informará nada ni acerca del nivel de empleo, ni sobre la tasa de crecimiento del producto. Verdad es que el desempleo no es un tema que interese a la economía pura, que, simplemente supone que siempre es voluntario (¡!¡!) Como esta suposición – definición  es a todas luces falsa, los economistas convencionales yuxtapondrán a su discurso absurdo acerca del equilibrio realizado por el simple funcionamiento de los mercado (el carácter autorregulador de los mercados), pamplinas acerca del desempleo que atribuirán de oficio – prejuicio reaccionario banal –  al hecho de que los salarios estarían “demasiado elevados”. Al hacerlo ignoran soberbiamente no sólo que la demanda depende en gran medida de los salarios, una modificación de los salarios transforma todos los datos del sistema del equilibrio general.

 Viene después la pretensión de que el equilibrio general obtenido de ese modo logre el “optimo social”. Esta afirmación constituye la segunda gran proposición de la economía pura. Pero la “demostración” se basa aquí en una definición de la optimización que no tiene sentido: sería la cualidad de un equilibrio del que no se podría modificar ningún parámetro sin que se deteriore la situación cuando menos de un individuo. Dicho de otro modo, un equilibrio que condenaría a cuatro mil millones de individuos a vegetar seguiría siendo óptimo en cuanto una modificación cualquiera que se le hiciera afectaría a un solo individuo, por ejemplo; ¡al millonario más rico entre los cinco mil millones de habitantes del planeta!

 Este magnífico edificio de la economía pura imaginada a partir de fines del siglo XIX – en respuesta sin duda alguna al análisis de Marx – ignoraba por principio la moneda, ese velo tras el cual se oculta la economía real. Como ésta existe sin embargo había que introducirla en un momento dado a la construcción. La teoría cuantitativa más necia era el único medio para hacerlo.  En su estela, decretando que la moneda era una mercancía como las demás, el monetarismo – último grito de la economía pura – se permitía agregar a las ecuaciones de la oferta y la demanda de cada uno de los cinco mil millones de individuos las que se referían a su demanda de moneda. En cuanto a la oferta, entonces se la supone como un dato exógeno cuyo monto puede fijar el banco central. Un análisis científico elemental de la emisión monetaria demuestra que la moneda no es una mercancía como las demás, porque su oferta está determinada por su demanda, que depende, en parte de las tasas de interés vinculadas con los créditos, y en parte del nivel de actividad. Por otro lado, los bancos centrales, de los cuales se desea entonces una gestión neutra e independiente (¿de quién?) ya que tendrían el poder magnífico de fijar la oferta de moneda, no lo hacen, porque no pueden hacerlo, pero influyen sólo en parte e indirectamente sobre la demanda de moneda, no sobre su oferta, eligiendo la tasa de interés. Pero entonces se ignora que esa elección reacciona a su vez sobre el nivel de la actividad (por medio de las inversiones, de los consumos diferidos, etc.) y luego, sobre todos los datos del equilibrio. Al rechazar todo análisis holista, es decir al ignorar la distinción útil de hacer en lo que nos interesa aquí entre la lógica financiera (la de los capitales que se le asocian) y la lógica de la inversión productiva (las estrategias de los capitales que se despliegan en ella), la economía pura monetarista se inhabilita para indagar las razones reales por las que las tasas de interés son lo que son.

Debemos preguntarnos cómo un ejercicio tan absurdo y estéril como el que representa la economía pura puede ser objeto del interés de individuos que además están dotados  de una inteligencia normal. Si hubiéramos deseado demostrar que en el campo del pensamiento social las ideologías, los prejuicios, los intereses, la búsqueda desesperada de medios para legitimar su defensa pueden aniquilar el espíritu crítico científico, no habríamos hecho más que inventar la economía pura.

La economía pura se pretende ciencia, con el mismo título que la física. No lo es porque quiere negar lo que separa específicamente a la ciencia social de las ciencias de la naturaleza. Desea ignorar que la sociedad se produce a sí misma, que no está fabricada por fuerzas externas. Pero, a pesar de su proclamación de principio, se impone de inmediato su propio mentís al introducir el concepto de anticipación que demuestra que el individuo al que desearía tratar como realidad objetiva es el mismo sujeto activo de su historia.

La economía pura es una paraciencia, que es a la ciencia social lo que la parapsicología es a la sicología. Pero de resultas, como toda paraciencia, desea demostrar todo y su contrario. “Dime lo que quieres y te fabricaré un modelo que lo justifique.” Si se desea aumentar la tasa de interés de 6,32 % a 8,45% o disminuirla a 4,26% o mantener su nivel actual, se fabricarán las justificaciones ad hoc disfrazadas de modelos. Esa es su fuerza; es un instrumento al servicio del capital dominante, la pantalla tras las cual éste puede ocultar sus verdaderos objetivos. Hoy día éstos son la agravación del desempleo, la creciente desigualdad en la repartición, etc. Como esos objetivos reales no pueden ser reconocidos, se vuelve útil “demostrar” que constituyen los medios de una transición que conduce al desarrollo, al pleno empleo, etc. Mañana las gallinas tendrán dientes…

 Debido a que no es científica, la economía puede movilizar a su servicio matemáticos aficionados como la parapsicología lo hace con los psicólogos. Ya que no es importante que lo que demuestra sea justo – lo importante es que justifique la tesis que se desea imponer – entonces que importa que la demostración sea irreprochable o no. En efecto, debería parecer muy curioso que esta “ciencia” emplee tantos matemáticos mediocres que no desearía ningún laboratorio de física. Por supuesto hay excepciones, como Debreu. Pero éstos practican entonces avanzar a ciegas. De la economía pura clásica pasan a la teoría de los juegos que analiza las confrontaciones de estrategias incluyendo las anticipaciones de los actores. Sin duda alguna, el interés de esa teoría para el espíritu no es desdeñable, y además puede hacer progresar la  propia ciencia matemática. Sin embargo me impresiona el hecho de que cada progreso en la teoría de los juegos aleje más de la realidad social. El avance a ciegas en las matemáticas del caos tiene la misma naturaleza. En ambos casos, el hecho social es sólo un pretexto. El enriquecimiento de las teorías matemáticas es el verdadera objetivo, un objetivo no sólo legítimo sino además esencial para el progreso ulterior del conocimiento en numerosos ámbitos. Otros matemáticos – como Bernard Guerrien o Giorgio Israel –  precisamente porque no son aficionados, llevaron a cabo la obra indispensable de demostrar lo absurdo y lo incoherente de la economía pura.

Tras estas excepciones se perfila el ejército de fabricantes de modelos, muy a menudo afanosos profesores de las universidades (sobre todo norteamericanas)  cuya carrera depende del número de sus publicaciones, que, en general, no dicen nada y no valen nada. En la clase dirigente, la economía pura agrada a las inclinaciones naturales de los ingenieros y de los tecnócratas que piensan – muy a menudo sinceramente –  que poder es ilimitado y que sus decisiones producen la realidad social.

 El paralelismo con la magia y la hechicería se impone. El hechicero también expones sus conclusiones cubriéndolas con una fraseología de aspecto “científico”. Para ser convincente, debe decir un cierto número de cosas sensatas y plausibles, pero para sacar de ellas conclusiones que no resultan de las mismas. En otras sociedades, distantes de la nuestra en el tiempo, el hechicero-mago ocupaba un primer plano. El gran hechicero, inteligente, sabía lo que el Rey esperaba de él, y lo producía. La economía pura cumple funciones análogas en nuestra sociedad enajenada en lo económico; y las cumple por medio análogos: el esoterismo de la lengua (hoy día de las matemáticas para uso de los no matemáticos) es el principal de ellos.

 Milton Fridman es el gran hechicero de nuestra época. Comprendió lo que se quería oír: que los salarios son siempre demasiado elevados (hasta en Bangladesh), que las ganancias son siempre insuficientes para incitar a los ricos a invertir… De ahí su éxito, a pesar de su espíritu desordenado (dice casi cualquier cosa y lo contrario, según los momentos y los interlocutores) y de su probada deshonestidad intelectual. Hasta son ésas las cualidades que se requieren para ser gran hechicero, a las que forzosamente el Premio Nobel vendrá entonces a galardonar.

 Y, al igual que en la hechicería, el espíritu de sectas ocupa el terreno. Los pequeños brujos se reúnen detrás de los gurúes que organizan la promoción de sus alumnos. Veo en ello un paralelo indicativo de ese aspecto de nuestro tiempo entre la proliferación de las sectas de economistas y de las organizadas en la paraciencia-parapsicología.

El gran hombre político emplea para sus propios fines al economista “puro” como antaño el gran rey elegía al hechicero que le convenía. Los políticos pequeños creen en la economía pura y, si son aún más mediocres, se adhieren a una de sus sectas, así como a menudo también creen en la parapsicología.

La sociología funcionalista más mediocre o versión vulgar del marxismo nos informa más sobre la sociedad real y su economía que el aprovisionamiento de todos los modelos de la economía pura. Pero si las teorías sociales deben ser sometidas constantemente al ataque de la crítica, si siempre es necesario estar atento a lo que hay de nuevo en la sociedad real, y a las revisiones de la teoría que esto implica,  si ese debate siempre debe permanecer abierto, libre, sin prejuicios, lo que me parece seguro es que el camino abierto por la economía pura es un callejón sin salida. Lo es precisamente porque esta teoría se pretende totalmente ahistórica, no desea conocer ninguna dimensión de la realidad social del pasado y del presente, nada que ataña a sus posibles evoluciones futuras. No conoce más que al “individuo”, y en ese sentido es producto “puro” de la ideología burguesa en su formulación más burda y vulgar. Por ello su fábula preferida es la de Robinson en su isla: el ser humano situado fuera del tiempo y de lugar. Se sitúa en los antípodas del espíritu científico. De que manera la sociedad se reproduce y produce ella misma su propio cambio, sin duda alguna no es por una fijación sobre el juego de los individuos como se llegará a responde mejor a esos temas.

La economía burguesa, calificada por Marx, con justa razón, de vulgar, a fortiori su expresión extrema – la economía pura que se proclama sin justificación “neoclásica” – está por completo construida en torno a una preocupación exclusiva, la de demostrar que el “mercado” se impone como una ley de la naturaleza, que no sólo produce un “equilibrio general”, sino también el mejor de los equilibrios posibles, garantizando el pleno empleo en la libertad, el “óptimo social”. Esta preocupación no es más que la expresión de una necesidad ideológica fundamental, la de legitimar al capitalismo definido entonces como sinónimo de Razón, que, conforme a la ideología burguesa, se reduce a su vez a la racionalidad de la investigación individual de la ganancia mercantil. Sobre esos fundamentos dudosos el capitalismo puede proclamarse “eterno”, representar el “fin de la historia”. Ahora bien, no sólo lo económico jamás logró demostrar sus proposiciones fundamentales con un mínimo de rigor científico, sino también se demostró que su método no lo permite. Qué importa, puesto que su discurso no tiene más objetivo real  que el de legitimar la libre acción del capital.

En contraste con ese discurso no científico, la economía política de Marx y el materialismo histórico que la enmarca, eximidos del prejuicio de justificación de este mundo capitalista real (que no es sinónimo de racional), hacen las verdaderas preguntas: cómo las luchas de clases determinan a cada momento los “equilibrios” que caracterizan al sistema en este momento. La lucha de clase fundamental que opone el trabajo al capital, pero asimismo los conflictos intraclases dominantes que oponen a prestadores financieros e inversionistas productivos, empresarios y propietarios, oligopolios entre sí, etc., como las intervenciones del Estado regidas por la lógica política y social del bloque histórico dominante (las alianzas de clase hegemónicas y los compromisos sociales) determinan juntos las condiciones de un equilibrio posible, sobre todo entre el departamento I (la producción de medios de producción) y el departamento II (la producción de bienes de consumo) o entre esos dos departamentos y el departamento II (que permite la absorción del excedente), los niveles de empelo (que no se decreta a priori “pleno”), las estructuras de los precios relativos y las rentas, las tasas de interés, las presiones ejerciéndose a la alza o a la baja sobre el nivel general de los precios, las aparentes ventajas comparativas que rigen a la competitividad en los mercados mundiales. No se expone a priori ninguna hipótesis conforme a la cual el sistema tendería al equilibrio general. Las luchas de clases no perturban un equilibrio – o al no-equilibrio – realmente existente, siempre provisional. En definitiva, la economía política marxista es realista, mientras la economía pura no lo es de ninguna manera, ella hace caso omiso de la realidad (las clases, el Estado, el sistema del mundo) al que elimina con su discurso que se vuelve una fábula mítica.

 La economía pura no suele ocupar un primer plano en la historia del pensamiento social. Por el contrario, en general se la relega a algunos asilos del mundo académico, mientras el mundo de la vida social y política la ignora soberbiamente y se contenta de vez en cuando, según sus necesidades, con aprovechar una o la otra de sus “conclusiones” o “tesis”. Para que esa utopía reaccionaria sea propulsada al primer plano, como sucede en nuestros días, es necesario que se reúnan condiciones excepcionales, que todos los equilibrios sociales hayan sido trastornados en beneficio de un dominio unilateral del capital. Esta no puede ser que provisional, no fuese más que porque, contrariamente a lo que pretende la utopía reaccionaria de que se trata (que se resume en una frase: ¡la máxima libertad de empresa, sin frenos y sin límites asegurará por sí misma el más maravilloso de los progresos posibles!), este dominio unilateral no produce más que una profunda crisis de la sociedad. La economía pura parece entonces ser un excelente medio para administrar esta crisis prolongando el desequilibrio social en provecho del capital (hoy día de su segmento financiero mundializado), pero por supuesto no para salir de ella. Si la sociedad debe salir de la crisis, será por el restablecimiento de nuevos equilibrios – que producirá la lucha de clases – en los cuales clases, naciones, Estados, firmas, etc. – es decir todas esas realidades que la economía pura ignora –  recuperarán su lugar. Entonces, ya no se oirá hablar de la economía pura, que será devuelta a sus asilos académicos.

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