Hace ya 201 años que José Artigas estampó este principio de justicia social en su Reglamento Provisorio, donde distribuía tierras y ganados “con prevención que los más infelices serán los más privilegiados”.

No fue esta una promesa electoral, ni una simple declaración teórica.

Aquel filósofo popular y revolucionario que había llegado a ser gobernante, no se quedó en reflexiones y especulaciones, sino que pasó a los hechos intentando transformar la realidad injusta que le tocó vivir.

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“En consecuencia” –decía él en el art. 6to-, “los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados con suertes de estancia, si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad y a la de su provincia. Serán igualmente agraciadas las viudas pobres si tuviesen hijos. Serán igualmente preferidos los casados a los americanos solteros, y éstos a cualquier extranjero”.

De esta manera establecía un cuidado a las familias, y un orden de prioridades para la justicia social. Ya él lo había sostenido, un poco antes del Reglamento, en una carta enviada al Gobernador de Corrientes (del 9/4/1815): “no invirtamos el orden de la justicia” –le decía y aconsejaba a continuación-: hay que “mirar por los más infelices y no desampararlos”.

También establecía una finalidad social, un sentido comunitario: los beneficiarios (personas “de bien”), de estas “suertes de estancia”, debían trabajarlas por sí mismos para “su felicidad”, pero también debían hacerlo para la felicidad de “su provincia”; esta misma fórmula la vuelve a afirmar en otra carta al Gobernador de Corrientes, del 9/1/1816, donde dice que había que darles tierra a los indios para que la trabajaran “siendo útiles a sí y a la provincia”.

Para asegurar esto, en el Reglamento no se regalaban estos medios de producción (los mismos no se podían vender, ni hipotecar), y además los beneficiarios tenían obligaciones y plazos para cumplirlas, y si no lo hacían así, se estipulaba que la “suerte de estancia” le sería quitada y “será aquel terreno donado a otro vecino más laborioso y benéfico a la provincia”.

Para José Artigas, el orden de la justicia exigía privilegiar a “los más infelices”, pero se cuidaba mucho de formar personas egoístas, y exigía también que cada uno pensara y obrara al mismo tiempo por la felicidad de sí mismo y la de los demás. Esa fue una lección constante que nos dio como persona y como gobernante. Es un legado que nos ha dejado a nosotros y a toda la humanidad.

Los años han pasado.

La realidad del mundo hoy muestra que es necesario seguir recordando, cada año con más fuerza, su ejemplo y su legado.

 Publicado en Facebook por Leonardo Rodriguez Maglio

Por Las Huellas De Artigas, José Artigas, Laura, Alfredo, Eduardo, Eduardo, Jose, Alberto, Rubén

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