Los medios de comunicación del régimen, que son la mayoría, han dado las noticias del paro del 6A como una división del país en dos partes más o menos iguales. Esto, que es falso, ya significa reconocer una gran derrota pues hasta hace muy poco el régimen contaba con un cierto respaldo o al menos benevolencia en parte del movimiento sindical.

La ruptura hoy es completa y no se puede ocultar.
Pero la cosa es mucho más desfavorable al oficialismo, en medio de un clima de movilización de masas cada día se suman más sectores a la oposición. De allí la virulencia del discurso oficial con su odio cultural y de clase incluido. En forma alevosa ello se expresó en el planteo inmunológico represivo de La Nación cuando habla de extirpar un tumor. El tumor sería, la cosa queda clara, el sindicalismo, el peronismo, las conquistas sociales, de género y, en el fondo, la república y sus derechos. Los oligarcas no se bancan la democracia en ninguna de sus formas.
Los poderosos no soportan la realidad de la emergencia. Sólo la admiten cuando las fuerzas sociales se lo imponen. De tal modo que es muy importante generar un mensaje alternativo. En lo que sigue se señalan algunos aspectos, más o menos visibles, pero que no siempre son explicitados, que conforman una realidad disruptiva. Lo haremos en forma de tres hipótesis brevísimas sobre el momento.
Las grandes mayorías están en un estado de disponibilidad. Ello quiere decir que existe una porosidad abajo, una búsqueda de respuestas ante un estado de cosas que no puede dar respuestas. La crisis del sistema mundo (o del capitalismo financiero si se prefiere) es inconmensurable. Esto se hace carne en las grandes mayorías que advierten tanto la agresión del poder como el vacío discursivo que lo acompaña. Es una gran oportunidad para las corrientes que se proponen avanzar en cambios estructurales. Los hechos, cuando emerjan, serán sorprendentes, pero no por ello menos predecibles.
La política del shock del gobierno CEO ha fracasado, no por débil, sino por la existencia de imaginarios activados que se plasman rápidamente en resistencia múltiple y cada vez más potente. El relato de la herencia recibida se vuelve una burla para casi todos los sectores. En ese contexto, se acentúan las presiones para detener a Cristina. Pero ello abre a su vez abismos impredecibles. Las rupturas hacia el interior del oficialismo y del massismo son indicadores de que la convergencia que dio una victoria electoral en el 2015 se cae a pedazos.
La resistencia se vuelve organización en muy diferentes formatos. Se va construyendo una relación constructiva entre la base y el vértice (donde está Cristina como depositaria de la esperanza colectiva), relación que es superadora de todo lo conocido. Todas las formas políticas, sindicales y territoriales son rebasadas. La territorialidad emergente forma parte de una reconfiguración del movimiento nacional. Comenzamos a avisorar lo que podemos denominar una revolución en la globalización, que es nacional, democrática, participativa, social y ambiental. El ciclo del 2001 no se ha cerrado y un pueblo inmenso se está forjando en el caldero de la historia.
Eduardo González
Córdoba 9 de abril de 2017

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