OPERACIÓN MASACRE

 

Por Luis Gutierrez * Instituto del Pensamiento Latinoamericano

(Fuente: NGD)

En junio de 1956, el periodista José Gobello, que había sido diputado nacional y que por entonces estaba preso en la cárcel de Caseros escribió un poema, que decía: “La luna se ha escondido de frío o de vergüenza,/ya sobre los gatillos los dedos se estremecen/una esperanza absurda se aferra a los teléfonos/y el presidente duerme”. Se estaba refiriendo al infructuoso intento de la esposa del general Valle -ya condenado a muerte- de hablar con su amigo, el general Aramburu, para que le perdonara la vida. Era 12 de junio, pero los fusilamientos habían comenzado el día 9, aunque faltaba el del general que encabezó la rebelión peronista.

No eran tiempos de tolerancia democrática. La autodenominada Revolución Libertadora había desplazado del poder a un gobierno elegido por el pueblo. Y había llegado con sed de venganza, dispuesta a derramar sangre peronista. Prohibió nombrar a todo lo que se relacionara con el universo peronista, como también sus símbolos, las marchas partidarias. Quien violara esta prohibición tendría un destino inexorable: la pérdida de la libertad.

Pero el movimiento no estaba dispuesto a rendirse fácilmente. El general Juan José Valle reunió a un grupo de militares, sindicalistas y hombres del pueblo para planificar la resistencia y la recuperación del poder para el pueblo. El aparato de inteligencia militar de la dictadura tenía conocimiento de ello, pero los dejó seguir. Querían -a su tiempo- hacerles pagar esta actitud heroica con su correspondiente “disciplinamiento”.

Valle había sido profesor en la Escuela Superior de Guerra del Ejército, y allí enseñaba el concepto del “pueblo en ar-mas”. Era lo que estaba aplicando. Se dispone iniciar la resistencia el sábado 9 de junio. Pero a las pocas horas la dictadura aplasta la rebelión y encarcela a los revolucionarios. El domingo 10 de junio un decreto firmado por Aramburu y Rojas establece la ley marcial. Y de manera inconstitucional, se resuelve aplicar ese decreto a los que estaban de-tenidos desde el día anterior. O sea, retroactivamente. Otra grosería impune de quienes, por un bando militar, habían de-rogado la reforma Constitucional de 1949 y restablecido la Constitución de 1853.

Y ese mismo día comienzan los fusilamientos. En los basurales de José León Suárez son asesinados por la espalda los civiles. Algunos logran escapar, como Julio Troxler y el historiador José María Rosa. Se fusila a los militares, desde el general Raúl Tanco y el teniente coronel Oscar Cogorno -que habían encabezado con Valle el alzamiento- a los de menor graduación. Una treintena de asesinados. Pero faltaba uno: el general Valle, que se encontraba refugiado en una casa de San Telmo.

Para evitar que continúe la matanza, Valle decide entregarse. Era 12 de junio. Ese mismo día Aramburu y Rojas firman su sentencia de muerte. Según dicen, Aramburu lloraba mientras firmaba la condena de su amigo. Pero cuando se enteró la esposa de Valle y corrió a pedirle lo perdonara, le informaron: “el presidente no puede recibirla. Está descan-sando“.

En sus últimas horas, Valle se dedicó a escribir las célebres cartas dirigidas a su esposa y a su hija Susana. Y tal vez entonces haya recordado lo que le dijo Perón el día en que él -que integraba la Junta Clasificadora por ser el militar de mayor calificación de su promoción- decidiera ascender a general a su amigo Aramburu, que tenía una de las peores calificaciones: “Este hombre le va a pagar muy mal, general. Estos favores siempre se pagan caros“. A las 10 de la noche Valle fue fusilado. El tiempo le había dado la razón a Perón.

Hoy recordamos estos hechos trágicos. Son otros tiempos, pero son las mismas políticas. Se quitan derechos, se menosprecia la dignidad del trabajador y de la propia condición humana. Se humilla a la Nación tomando créditos de organismos usurarios. Se concentra fenomenalmente poder económico en una minoría privilegiada mientras se con-dena a las mayorías a una aflicción permanente por sostener una vida digna. Más hambre, y pobreza, y miseria. Pero no nos han vencido, porque aquí estamos recordando a esos héroes y tomando su digno ejemplo. Porque toda vez que la injusticia esté presente, allí estaremos las muchachas y los muchachos peronistas, cantando como siempre, que todos unidos triunfaremos, dando un grito de corazón: ¡Viva Perón! ¡Viva Perón!

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